Es la hora de comer, pero estoy redactando un texto, atendiendo el teléfono y en 45 minutos tengo una visita. Aunque estoy en el trabajo voy a comer de fiambrera, comida casera, de temporada, buenísima y hecha con amor, pero es posible que por la tarde me pregunte qué ha sido lo que haya hecho que se me infle el abdomen.. ¡pero si he cocinado con algas!

En realidad el problema es bastante evidente, si cuando comes haces algo más que comer, se volverá un automatismo y la aceleración de estar por varias cosas a la vez hará que perdamos la conciencia de lo que hacemos y mastiquemos mas bien poco.

A menudo veo que la conciencia de una alimentación saludable está presente en muchas personas pero lo que todavía no se ha integrado bien es la importancia de cómo te comes eso que te comes.

Lo cierto es que comer de prisa suele ir en detrimento de una buena masticación, lo que no sólo significa desmigar en trocitos pequeños si no también impregnar en saliva, y ambos son factores fundamentales para la digestión ya que en uno de sus componentes son las amilasas, enzimas que se encargan de iniciar la digestión de los hidratos de carbono.

Masticar puede ser como un viaje. Cierras los ojos y respiras profundo, entonces sientes el sabor, los aromas, la temperatura, las texturas, la dureza… Cada plato suele llevar diferentes ingredientes que aportan variedad de sensaciones en la boca.

Al masticar minuciosamente también ayudamos a regular el sobrepeso, ya que el cerebro manda la señal de saciedad al estómago alrededor de unos 20 minutos desde que se empieza a comer, por lo que cuanto más hayas comido en ese tiempo, mayor será la sensación de empacho después de comer.

Los chinos antiguos, que en su estudio del a medicina no hacían uso del microscopio para el desglose de las substancias, ya decían que masticar favorece la digestión debido a que aporta “yang” a los alimentos. De hecho, no es casual que en su cocina haya la tendencia a presentar los alimentos con un corte fino y pequeño, ya que de esta manera facilitan que lleguen al estómago bien triturados. Una profesora china me dijo una vez que “si masticas bien, hasta las piedras se pueden comer”. No es cuestión de comer piedras, pero sí de entender y darle la importancia que le corresponde a la manera en la que comemos.

Es la hora de comer, pero estoy redactando un texto, atendiendo el teléfono y en 45 minutos tengo una visita. Aunque estoy en el trabajo voy a comer de fiambrera, comida casera, de temporada, buenísima y hecha con amor, pero es posible que por la tarde me pregunte qué ha sido lo que haya hecho que se me infle el abdomen.. ¡pero si he cocinado con algas!

En realidad el problema es bastante evidente, si cuando comes haces algo más que comer, se volverá un automatismo y la aceleración de estar por varias cosas a la vez hará que perdamos la conciencia de lo que hacemos y mastiquemos mas bien poco.

A menudo veo que la conciencia de una alimentación saludable está presente en muchas personas pero lo que todavía no se ha integrado bien es la importancia de cómo te comes eso que te comes.

Lo cierto es que comer de prisa suele ir en detrimento de una buena masticación, lo que no sólo significa desmigar en trocitos pequeños si no también impregnar en saliva, y ambos son factores fundamentales para la digestión ya que en uno de sus componentes son las amilasas, enzimas que se encargan de iniciar la digestión de los hidratos de carbono.

Masticar puede ser como un viaje. Cierras los ojos y respiras profundo, entonces sientes el sabor, los aromas, la temperatura, las texturas, la dureza… Cada plato suele llevar diferentes ingredientes que aportan variedad de sensaciones en la boca.

Al masticar minuciosamente también ayudamos a regular el sobrepeso, ya que el cerebro manda la señal de saciedad al estómago alrededor de unos 20 minutos desde que se empieza a comer, por lo que cuanto más hayas comido en ese tiempo, mayor será la sensación de empacho después de comer.

Los chinos antiguos, que en su estudio del a medicina no hacían uso del microscopio para el desglose de las substancias, ya decían que masticar favorece la digestión debido a que aporta “yang” a los alimentos. De hecho, no es casual que en su cocina haya la tendencia a presentar los alimentos con un corte fino y pequeño, ya que de esta manera facilitan que lleguen al estómago bien triturados. Una profesora china me dijo una vez que “si masticas bien, hasta las piedras se pueden comer”. No es cuestión de comer piedras, pero sí de entender y darle la importancia que le corresponde a la manera en la que comemos.

Me encanta llegar a casa y encontrar a Diego haciendo caldo: la olla a fuego lento, el rumor de la cocción, el olor a sopa en todas partes…

Imagino que en cualquier casa hay momentos de despensa y neveras bajo mínimos, donde hay que echar imaginación para llenar la olla, ya sea porque es final de mes o el tercer día festivo consecutivo. Una buena solución para estos casos son los caldos, sopas y estofados (también conocidos como platos de cuchara) por poco que tengas en la nevera puedes hacer una comida sustanciosa.

En Frugavore se promueve la economía doméstica y se aconseja aprovechar al máximo la cesta de la compra, incluyendo como ingredientes los huesos de pollo, pescado y las verduras que a veces se nos quedan en el fondo de la nevera.

Aunque cada maestrillo tiene su librillo, los ingredientes típicos son los huesos (mejor los de ave de corral) y verduras como la zanahoria, apio, chirivía, nabo, col, patata, puerro… Un truquillo extraer bien los minerales y otros nutrientes al hacer un caldo es acompañar los huesos con verduras que tengan un ligero sabor ácido o directamente con una cucharada sopera de vinagre de sidra de manzana o de jugo de limón… además le da un toque muy rico.

El tuétano, que es la gelatina que se encuentra en el interior de los huesos, es conocido por su alto valor nutritivo, y en algunos países se da a los niños para estimular su desarrollo y crecimiento. Se recomienda usar huesos de animales criados orgánicamente porque algunos metales pesados (como el plomo!) y toxinas se acumulan en los huesos.

¿Y en tu casa, cómo hacéis el caldo? Nosotros normalmente hacemos caldo en una olla grande, lo almacenamos en fiambreras medianas y lo usamos para hacer sopas o para hervir verduras y cereales, para que queden más sabrosos. Y, como congelado puede durar meses, es mano de santo cuando tienes la nevera vacía y te das cuenta a las 9 de la noche ;)

Foto de Warren Layton

Ya estamos en diciembre, el mes en el que empieza el invierno, la estación del año conocida por las bajas temperaturas, la oscuridad y el silencio. Las personas calurosas están en su salsa en el frío, porque tienen calor de sobras para no sufrirlo; en cambio es cuando más sufrimos los frioleros, porque se pone en evidencia la debilidad de nuestro calor corporal.

Para aclimatarnos mejor al frío recomendamos incorporar en la dieta el uso de especias como el clavo, semillas de fenogreco, hinojo o anís, pimienta negra, jengibre, corteza de canela, verduras de la familia de la cebolla (cebolla, cebolleta, puerro, ajo…). La verdad es cuando falta calor (o yang en medicina tradicional china) en el cuerpo, el invierno se convierte en el peor momento del año… donde puede empeorar la salud a diferentes niveles, dando síntomas que van desde urinarios (como la micción frecuente y abundante), digestivos (como digestiones lentas, dolor abdominal intenso, poco apetito, heces sueltas), y más generales como el cansancio, la aversión al frío o debilidad de las lumbares y las rodillas.

En general, lo que más apetece en estos días son las sopas calientes, los granos integrales y los frutos secos y semillas como las nueces o las pipas de calabaza. En los fogones recomendamos que predominen las cocciones lentas y con poco agua.

Por cierto, ¿sabes cómo hacer una cocción sin agua? ¡Te lo explicamos!

La cocción sin agua es la mejor de las cocciones porque permite que los alimentos se cocinen en sus propios jugos, lo que realza sus sabores y vitalidad. Para ello se necesita precalentar una cacerola gruesa y añadir 2 cucharadas soperas de agua. Se calienta el agua hasta que genere el vapor que hará que las verduras suelten sus líquidos. En ese momento se añaden las verduras y se baja el fuego al mínimo para que se genere la humedad propia de los alimentos y se cuezan en ella.

Es un método de cocción que, aunque puede parecer un engorro porque toma bastante tiempo, es una buenísima forma de cocinar prescindiendo del uso del aceite y del recurso fácil como hervir o la cocción al vapor (más propias de momentos en los que se prioriza la hidratación de los alimentos).

¿Y tú? ¿Tienes algunas recetas de esas buenas para sacarte el frío polar del cuerpo?

¡Bienvenid@s!

Queda inaugurado el blog de Foods & Roots, el lugar donde nos podréis conocer con más profundidad, a través de todas las ideas, recetas, trucos y fundamentos de nuestra cocina.

Para quien acabe de aterrizar por aquí, os cuento un poquito de qué va Foods & Roots: Somos Diego y Sara, él cocinero especialista en vegetarianismo y yo terapeuta en medicina tradicional china. Somos amigos, pareja y ahora también socios. Quien nos conoce sabe que no comemos de cualquier manera, que nos gustan los granos integrales, los alimentos ecológicos, las algas y las semillas, moderarnos con las proteínas animales y que además, nos encanta compartirlo. Así es como ha nacido Foods & Roots.

Como terapeuta en medicina tradicional china en COS Cooperativa de Salut, a menudo asesoro a mis pacientes sobre cómo cuidarse a través de la alimentación, es entonces cuando hablo sobre la diferencia entre las distintas estaciones y la importancia de adaptarse a ellas, los alimentos que nos benefician en cada momento del año y cómo adaptarlos a nuestras necesidades individuales…

Queremos compartir toda esta información aquí y que puedas experimentar tú también cocinando nuestras recetas. Comer de manera saludable es todo un reto y creemos que juntos es más fácil.

¿Quieres saber el por qué de esto o lo otro? ¡Pregúntanos! Si lo sabemos, con gusto responderemos, y si no, siempre se puede investigar, ¿verdad?